El ‘Día del Trabajo’ o ‘Día de los Trabajadores’

El ‘Día del Trabajo’ o ‘Día de los Trabajadores’

El 1 de mayo se conmemora tradicionalmente el Día del Trabajo o Día de los Trabajadores. Declarado ‘día festivo’ en nuestro comunidad autónoma, por haber caído este año en domingo dicha festividad se trasladó al lunes. Reproducimos un interesante artículo del periodista David Bernal publicado en el diario El País que, con motivo de dicha celebración, decía:

« Para conseguir un derecho que hoy consideramos incuestionable, la jornada laboral de ocho horas, hizo falta sangre, sudor, lágrimas… Y un puñado de muertos. Hoy, 1 de mayo, se celebra el Día del Trabajo en casi todos los países del mundo. Una jornada que ha ido perdiendo su carácter reivindicativo para convertirse en un día festivo sin más, pero que sigue siendo uno de los pilares del movimiento obrero.

La fecha se fijó durante el Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional celebrado en París en 1889. La idea era rendir tributo a los ‘Mártires de Chicago’, un grupo de sindicalistas que fueron condenados en Estados Unidos por su participación en una huelga que se inició el 1 de mayo de 1886 en todo el país y, en ese estado, se prolongó hasta el 4 de mayo con la sangrienta Revuelta de Haymarket. Tres fueron a prisión y cinco ejecutados en la horca. El fin era conseguir la jornada laboral de ocho horas que en 1886 ya establecía la Ley Ingersoll pero que la patronal incumplía, lo que rearmó y movilizó a las organizaciones laborales y sindicales del país.

Paradójicamente en Estados Unidos (y países como Canadá) la fecha se trasladó al primer lunes de septiembre por miedo a que el movimiento socialista se reforzase y pasó a llamarse Labor Day. Pero en esa huelga, que se saldó con miles de trabajadores despedidos, detenidos o heridos, la mayoría inmigrantes europeos, estaba la mecha del ‘Día del Trabajo’, una festividad en honor a la clase obrera que poco a poco se fue extendiendo al resto del mundo.

España fue el primer país de Europa que aprobó mediante un decreto la jornada de ocho horas tras la huelga de La Canadiense llevada a cabo por anarquistas de Barcelona, aunque durante la dictadura militar de Primo de Rivera (1923-1930) y la de Franco (1939-1977) dejó de celebrarse. Dos meses después Francia hizo lo propio.

Pero cuando el Primero de Mayo adquirió su mayor protagonismo fue tras la Segunda Guerra Mundial gracias a los fastos de países socialistas como la Unión Soviética y el aumento de poder de los partidos de izquierda en los países capitalistas de Europa. Hasta el Vaticano se vio obligado a abrazar esta festividad y en 1954 el Papa Pío XII declaró el 1 mayo el día de San José Obrero. Su objetivo era darle un tinte católico a un día que hasta entonces se mostraba hostil a la religión y, según ellos, se basaba en el odio.

Pese a que no podemos relajarnos, pues muchas de las conquistas laborales peligran, el ‘Día del Trabajo’ se ha convertido en un día festivo más que ha perdido su carácter obrero y reivindicativo. En la mayoría de países los partidos de izquierda y los sindicatos organizan una manifestación pacífica, que no deja de ser testimonial, mientras el resto de los trabajadores la ignoran pensando, equivocados, que ya no queda nada por lo que luchar. »

'Día del Trabajo' (imagen 2)

LA HISTORIA

A fines de abril de 1886, un grupo de obreros anarquistas realizó en Chicago una campaña para reivindicar la jornada laboral de ocho horas. Era común por aquel entonces que los obreros trabajaran 14, 16 y hasta 18 horas diarias. A la histórica manifestación, celebrada el 1º de mayo, concurrieron casi 200.000 personas. Siguieron nuevas movilizaciones los días 2 y 3 de mayo, que fueron brutalmente reprimidas.

El 4 de mayo los trabajadores se manifestaron cerca del Haymarket Square (Plaza del Mercado del Heno) en protesta por la violencia desatada contra ellos. La manifestación, que contaba con el permiso de las autoridades, se llevó a cabo en forma pacífica, pero a su término la policía arremetió contra los que aún quedaban concentrados e intentó dispersarlos, momento en que alguien arrojó una bomba y murieron varios agentes. Inmediatamente se desató la furia policial y en unos instantes los muertos se contaban por docenas. En seguida se declaró el estado de sitio y se detuvo a centenares de obreros, entre los que se encontraban algunos líderes anarquistas.

Inicialmente quedaron imputadas treinta y una personas, pero finalmente fueron ocho los acusados, todos ellos destacadas figuras de la Asociación Internacional de Trabajadores, cuyo juicio, que comenzó el 21 de junio, fue una farsa: El juez dispuso que fuese colectivo, lo que constituía una anomalía que permitía la inclusión de todo tipo de pruebas contra los acusados. Los miembros del jurado no fueron elegidos mediante el procedimiento usual, siendo seleccionados por un funcionario estatal y confirmados como jurados incluso después de manifestar abiertamente que ya tenían una opinión formada contra los acusados, algo inadmisible en un juicio imparcial. Uno de ellos incluso confesó que era pariente de una de las personas que había sido herida por la bomba.

Durante el juicio no se logró identificar a la persona que arrojó el artefacto explosivo, por lo que resultó imposible establecer una relación entre éste y los acusados, una cuestión que no pareció importar demasiado ya que de lo que se trataba era de intentar escarmentar en estos ocho acusados a la clase trabajadora en su conjunto. Así, el fiscal Grinnel expuso sin tapujos en su exposición final el 11 de agosto de 1886: “Estos hombres han sido seleccionados porque fueron líderes. No fueron más culpables que los millares de sus adeptos. Señores del jurado: ¡declarad culpables a estos hombres, haced escarmiento con ellos, ahorcadles y salvaréis a nuestras instituciones, a nuestra sociedad!”

El 28 de agosto el jurado dictó sentencia. Siete de los acusados debían ser colgados y uno fue condenado a 15 años de prisión. Dos de los siete condenados a morir solicitaron el perdón al entonces gobernador de Illinois, quien accedió a conmutarles la pena por prisión perpetua, y los otros cinco exigieron la libertad o la muerte. El 11 de noviembre de 1887 cuatro de ellos fueron ahorcados y otro se había suicidado el día anterior, aunque existen dudas sobre si realmente se trató de un suicidio voluntario. No tardarían en ser recordados como los ‘Mártires de Chicago’.

'Los Mártires de Chicago' (imagen 2)

Años más tarde, el nuevo gobernador de Illinois, John Peter Altgeld, ante una petición formal de indulto firmada por 60.000 personas, investigó los hechos y confesó su indignación al comprobar que se trataba de una farsa premeditada, de un crimen cometido en nombre de la ley, por lo que otorgó el “perdón absoluto” a Samuel Fielden, Oscar Neebe y Michael Schwab el 26 de junio de 1893. El escrito del gobernador donde detalla minuciosamente las irregularidades del proceso que castigó a ocho anarquistas por un delito que no cometieron, entre otras cosas concluía:

    • Que el jurado que juzgó el caso fue seleccionado y formado con la intención manifiesta de condenar a los acusados.

    • Que los miembros del jurado, de acuerdo a lo que ellos mismos manifestaron, no eran competentes, por lo que el proceso carece de legalidad.

    • Que los acusados no fueron encontrados culpables del crimen del que se los acusaba.

    • Que el fiscal declaró que no había pruebas para procesar a uno de los acusados, Oscar Neebe, a pesar de lo cual se lo mantuvo en la cárcel durante todos estos años.

    • Que el juez de primera instancia, ya sea por estar predispuesto contra los acusados o bien por procurar conquistar los aplausos de una determinada clase de la comunidad, no logró garantizar un juicio justo.

También señalaba el gobernador en su escrito de conclusiones que “gran parte de la evidencia presentada en el juicio fue pura invención; que algunos prominentes oficiales de policía no sólo aterrorizaron a hombres inocentes, encerrándolos en la cárcel y amenazándolos con la tortura si se negaban a jurar lo que ellos deseaban, sino que hasta llegaron a ofrecer dinero y empleo a los que accedían a hacer esto…”.

'Día del Trabajo' (imagen 3)

Finalmente, el gobernador también concluyó lo siguiente: “Los que defienden a los prisioneros también manifiestan con amargura que consta en el expediente que el juez condujo el juicio con una ferocidad maliciosa y forzó a los ocho hombres a ser juzgados en conjunto; que en el interrogatorio de los testigos provistos por el Estado, el juez obligó a la defensa a limitarse a ciertos puntos específicos, mientras que al interrogar a los testigos de los acusados permitió que la fiscalía inquiriera sobre temas totalmente ajenos a las hechos; también manifiestan que a lo largo del juicio todos los dictámenes fueron favorables al Estado. Además, folio tras folio el expediente contiene insinuaciones del juez, con la evidente intención de alinear al jurado con su particular punto de vista, y que estas exposiciones, que provenían del juez, fueron mucho más perjudiciales que cualquier arenga del fiscal del Estado; que el fiscal a menudo se inspiró en el ejemplo del juez en sus exposiciones. (…)”

En fin, realmente ‘indignante’. Por eso, a modo de reflexión, conviene recordar estas barbaridades históricas para no volver a repetirlas, conmemorando cada 1 de mayo el ‘Día del Trabajo’ o ‘Día de los Trabajadores’

 
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *