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Antonio Bello Pérez, ‘genio y figura’

Antonio Bello Pérez, ‘genio y figura’

El 24 de febrero de 2015 fallecía en Madrid nuestro paisano e ilustre investigador Antonio Bello Pérez, de cuyo especial carácter e inagotable capacidad de trabajo pueden dar fe quienes mantuvieron con él una relación más o menos continuada, como por ejemplo Juan José Ibáñez, Doctor en Ciencias Biológicas e Investigador del Consejo Superior de Investigaciones científicas (CSIC) y uno de sus numerosos alumnos, que tras calificarlo como ‘genio y figura hasta la sepultura’ y confesarse coincidente con él en casi todo, dijo refiriéndose al que reconocía como su maestro: “Él me enseñó a investigar, para lo cual tuvo primero que hacerlo a pensar. Y eso es mucho más difícil. Gracias maestro. Eso sí, si alguien quiere colaborar con él, que es una persona francamente accesible, que se arme de paciencia y complejos vitamínicos, porque su vitalidad y entusiasmo son tremendas, agotadoras, a pesar que casi me saca 20 años. ¡Tremendo!. Esto es un cambio de modelo y lo demás sandeces, ¿Verdad Antonio?.

Con motivo del tercer aniversario de su fallecimiento teníamos pendiente un recuerdo para con el maestro Antonio Bello Pérez, lo cual vamos a hacer poniendo en valor sus ya indicados ‘singular carácter’ y ‘capacidad de trabajo’ a través de un artículo (‘post’) publicado por el mencionado Juan José Ibáñez (Juanjo) en su blog apenas unos días después del fallecimiento (del que no fue informado en tiempo) de su maestro, concretamente el 2 de marzo de 2015, que con el título ‘Antonio Bello Pérez: Una Vida Dedicada a la Ciencia del Suelo, el Medio Ambiente, la Agricultura Ecológica, la Nematología y la Investigación Participativa’ decía:

« Allá por el año 1978 un antiguo y entrañable profesor de biología cuando yo tenía 12 años, me presentó a Antonio Bello. Agustín Sánchez, que así se llamaba,  me insistió que realizara la tesis de licenciatura con él. Gentilmente, Antonio Bello me llevó a un despacho del antiguo Instituto Nacional de Edafología y Agrobiología (CSIC), seleccionó más de diez libros en inglés de sus estanterías, los puso encima de una mesa y espetó: “aquí tienes”, léete esto y seleccionas un tema para tu trabajo, si no sabes hacerlo te vas. Tras ver miles de hojas en inglés sobre nematología, disciplina de la que desconocía todo, se me cayó el alma a los pies.  Pero como en algunos aspectos me parecía a él, a las dos semanas leyó mi propuesta, mirándome con una cara resplandeciente, como de complicidad. Cuatro semanas después ya estábamos llevando a cabo el primer muestreo de campo, discutiendo sin parar, a veces agriamente, ante el asombro de mi padre, que nos había llevado en auto hasta allí (ni él ni yo tuvimos nunca carnet de conducir). A los dos meses ya impartía mi primera conferencia y publicaba los primeros estudios.

Antonio Bello Pérez (centro) con Avelino García (izquierda) y el autor del artículo Juan José Ibáñez (derecha)

No os voy a hablar mucho de las indagaciones científicas de Antonio, pues ya he editado muchos post acerca de sus pesquisas… Tarde y mal me informaron hace unos tres días que mi entrañable maestro había fallecido. Él me inició en el mundo de la ciencia, él me enseñó a analizar la investigación bajo una óptica crítica, él me enseñó a no dejarme llevar por las modas de la ciencia, él me enseñó tantas cosas que no puedo narrarlas aquí.

La vida de Antonio Bello estuvo totalmente centrada en el mundo de la ciencia, plenamente dedicada a sus campos de investigación, así como a ayudar hasta la extenuación a aquellos que colaboraban con él, pero también bajo la premisa de que el objetivo final consistía en mejorar la vida de los ciudadanos en las materias de su competencia, y no a alardear de CV. Fue galardonado con tantos premios Internacionales y Nacionales como para no poder detallarlos aquí. Luchó contracorriente y enfrentándose sin contemplaciones contra aquellos que nos quieren vender gato por liebre. Y así por ejemplo llevó a cabo muchos estudios con los campesinos decenios antes de que se acuñada el vocablo de ‘investigación participativa’.

Antonio no dejaba indiferente a nadie, para bien o para mal. Persona que atesoraba un temperamento enormemente singular, a lo largo de su vida ganó tantos amigos como enemigos. Sin embargo no luchaba por ensalzar su ego, sino al objeto de que vencieran las causas que él consideraba justas, estuvieran de moda o no. Presentar a Antonio Bello a un colega a veces resultaba ser una tarea difícil y pintoresca, ya que inmediatamente comenzaba a hablar ininterrumpidamente, a trompicones, de los temas más dispares, abrumando y desconcertando al nuevo conocido. El único problema residía en que a Antonio, brillante, inteligente, creativo y trabajador para extenuación mía y la de todos los que le rodeaban, le hervían las ideas, que pasaban por su cabeza a la velocidad de las luz. Y las espetaba con tanta rapidez que era imposible seguirle muy a menudo, a no ser que se le conociera bien. Personalmente, para que me escuchara (o para sentirme escuchado, que no es lo mismo) no era infrecuente que algo me impeliera a subir la voz, iniciándose una aparente gresca que resultaba no ser tal.

Probablemente yo fuera aparentemente uno de sus discípulos más díscolos. Nuestras broncas eran sonadas. Sin embargo, y por contradictorio que parezca, sé sobradamente que era uno de sus “hijos favoritos”, al igual que yo siempre consideré que en parte, mi manera de ver la ciencia, se debe a él. Poco tiempo después de nuestras discusiones, al vernos nos sonreíamos afablemente, y el repetía una y otra vez, “¡amigo, ya sabes que te quiero!”. Y es que trabajaba tanto, tanto, tanto, y con tanta rapidez que yo terminaba aturdido, mareado, agotado, extenuado… ¡no podía seguirle!, porque me sentía avasallado. Tal sensación la sufrimos casi todos los que colaboramos, de algún u otro modo, con él. Unos lo llevaban mejor y otros peor.

Tan solo narraré mi última conversación con él hace unos meses, que os servirá de ejemplo para mostrar su carácter. Me encontraba muy preocupado por un asunto personal/profesional y le llamé para solicitarle consejo. Inmediatamente comenzó a hablar de otro tema, como si lo que le contaba angustiado no le interesara nada en absoluto. Algo normal en él. Aquél día desistí de ponerme a gritar, no tenía fuerzas. A los tres o cuatro días recibí una llamada suya, cogí el teléfono y comencé a escuchar esa ametralladora que era su lengua lanzando palabras y frases a tal velocidad que era casi imposible seguirle. Por supuesto sí se había enterado de mi problema. Supongo que tras colgar el teléfono se puso a intentar resolverlo con todos los medios a su alcance, removiendo Roma con Santiago, hablando con numerosas personas, todo hasta dar con una solución. Luego súbitamente dijo “adiós amigo”, y colgó. Éste más que singular carácter no era entendido por muchos colegas, lamentablemente, aunque también lo entiendo.

Falleció en un hospital la semana pasada con la compañía de las dos personas que más velaron por él durante decenios. Me refiero a su inseparable y brillante colaboradora María Arias y su amigo-guardaespaldas (en el mejor de los sentidos), Casimiro Martínez. Casi nadie sabíamos lo que estaba sucediendo, pero Carlos Simón, por casualidad sí, por lo que también le acompañó en aquellos duros momentos (gracias también a ti). Lamento no haber sido informado para mantener con él nuestra última y entrañable bronca, ya que no podía ser de otra manera.

Si hay vida después de la muerte, espero encontrarme con él. Sonreirá y espetará: “¡HOLA AMIGO!”. Lo único que rogaría es que su mente se encontrara más serena, calmada, sosegada, algo así como si le hubieran dado dos tranquilizantes. De no ser el caso, prefiero no pensar pasar una eternidad…

¡Hola Amigo!, ya que jamás te diré adiós.

Juanjo… »

 
 

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