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Mis tiempos del Sur (IV): La llegada de la vida a las Islas (plantas, animales y seres humanos)

Mis tiempos del Sur (IV): La llegada de la vida a las Islas (plantas, animales y seres humanos)

Por: Emiliano Guillén Rodríguez

« Cuando las duras rocas de nuestro archipiélago alcanzaron su maduración, éstas comienzan a recibir las primeras visitas de los seres vivos. Las Islas Canarias debieron iniciar su poblamiento vegetativo de forma parecida a como ocurriera en los archipiélagos volcánicos del resto del mundo relativamente próximos a los continentes, aunque cada uno de ellos presente sus particularidades debido a las zonas que sean las que tengan más próximas, los vientos dominantes y las corrientes marinas.

Los primeros seres vivos que recalaron en nuestras islas fueron las aves marinas como gaviotas y pardelas. Estos animales comienzan a dejar ya materia orgánica sobre las desiertas rocas de nuestras islas en cada una de sus escalas. Sobre estos excrementos pueden ya vivir determinadas esporas y semillas arrastradas por el viento.

En Canarias, estos embriones proceden básicamente del Norte de África y del Sur de Europa (no olvidemos que nuestras islas en muchos aspectos se pueden considerar como un don del ‘alisio’, viento dominante por estos lugares). Estas plantitas virtualmente desarrolladas se descomponen después de una vida efímera y, al morir, depositan ya nuevos componentes orgánicos que mezclados con productos procedentes de la degradación de las rocas van permitiendo el asentamiento de plantas de mayor porte y de configuración más compleja (‘fanerógamas’) que atraerán a los insectos y con ellos a sus depredadores (‘aves insectívoras’). Las semillas serán motivo para el asentamiento de las aves que se alimentan de granos (‘granívoras’) y las que se alimentan de otros animales (‘rapaces’) que tienen ya garantizada su supervivencia. En este proceso tienen también mucho que ver las algas verdes.

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De esta forma tan extraordinariamente simplificada y que pudo tardar en consolidarse muchos milenios se fueron poblando de vida nuestras otrora candentes peñas. Tanto nuestra flora como nuestra fauna característica de las Islas (‘endémicas’) están por lógica científica relacionadas con nuestras vecinas tierras de África y Europa como ya hemos dicho, y serán semejantes a la de nuestros archipiélagos hermanos que, juntos y con ellos, formamos parte de una región geográfica natural conocida como La Macaronesia, del griego Islas Felices.

Mayores dificultades para su explicación presenta la existencia de mamíferos entre nuestra fauna autóctona, puesto que no poseen alas y tampoco han podido ser arrastrados hasta las islas por el viento (a excepción del murciélago que triunfaría en su empeño con la presencia de insectos y su capacidad para desplazarse por el aire gracias a sus membranas). Animales como el erizo de tierra debieron alcanzar nuestras islas al ser arrastrados por las corrientes marinas en auténticas ‘bolsas de vida’ (trozos de árboles u otros objetos flotantes) que arribaron así a nuestras costas.

Los animales y plantas que generación tras generación se van desarrollando sucesivamente en un ambiente natural diferente, van presentando unas características propias que les diferencian de sus especies originarias, creándose así familias nuevas que en Canarias, en cuanto se refiere a plantas, se cuentan ya por miles los endemismos botánicos entre las refugiadas viviendo aquí como auténticos fósiles del Terciario (‘Laurisilva’) y las que son exclusivas de diferentes ecosistemas. Es esta una riqueza florística encomiable que pasea nuestro nombre por todos los libros y laboratorios del mundo especializados en la materia. Ni que decir tiene que debemos preservar tan lindo tesoro donado generosamente por nuestra naturaleza.

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Muchísimo tiempo más tarde puso el ser humano su pie en nuestra tierra, tierra diferente de su lugar originario, y la poblaron adaptándose a sus peculiaridades aprovechándola de la mejor manera posible, respetándola con celo y viviendo en ella en perfecta armonía y equilibrio, sin dañarla, si acaso mínimamente porque ellos tenían una exquisita concienciación de la necesidad de preservarla para su supervivencia y para dejarla en herencia intacta para sus descendientes. La creencia clara de que ellos formaban parte integrante de su hábitat así se los dictaba. El deterioro de nuestras islas a partir del siglo XX ha sido alarmantemente superior al total sufrido durante toda su existencia incluyendo los cataclismos naturales históricos. »

 
 

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